domingo, julio 15, 2007

Pánico a la soledad



Como cualquier aspirante a escritor, llevo años buscando mi historia. Creo que moriré sin llegar a encontrarla. Pertenezco a una generación sin argumentos literarios claros sobre los que cimentar una novela atractiva. No hemos vivido una guerra, ni sufrido los rigores de la posguerra. La vida, salvo por la inherente capacidad del ser humano para hallar motivos por los que atormentarse, ha sido muy sencilla para todos nosotros. Mi abuela lo ha pasado mal. Y se nota. El otro día caí en la cuenta. A la mujer la cabeza comienza a regirle peor de lo que me gustaría. Pero incluso ahora su memoria selectiva es capaz de rescatar episodios perfectamente novelables, atractivos por crudos y reales. La mayor parte de los libros con los que pasé mi adolescencia guardaban alguna relación con las grandes guerras del siglo pasado o los efectos que éstas tuvieron en las vidas de los protagonistas. Aquellas personas también sufrían los rigores del desamor, tenían que partirse el lomo para ganarse las alubias y aprovechaban los domingos para descansar. Como ahora. Hacían lo mismo que hacemos nosotros, pero en un escenario más literario, en el que seguramente apenas tendrían tiempo para preguntarse por el sentido de la vida, creer que sufrían ansiedad o coger bajas por depresión.

Ayer leí un artículo en una revista, no recuerdo cuál, sobre lo que los expertos (o los que se supone que saben sobre este tipo de cosas, si es posible que alguien sepa desentrañar el laberinto mental de las personas) vaticinan que será la enfermedad del siglo que acabamos de estrenar: la soledad. El tipo que firmaba la historia hablaba de la pérdida de valores, el consumismo, la insatisfacción patológica... Y caí en la cuenta de que estoy enfermo, o al menos de que comienzo a sentir los primeros síntomas de este mal (si es que existe). En realidad, creo que todos los padecemos, en mayor o menor medida. Mi gran tragedia es que, como en otras muchas facetas de la vida, yo lo sé mientras que gran parte de la población lo ignora. A mí también me gustaría ignorar esto y el resto de las cosas que sé, pero bueno... Debe de ser algo consustancial a la madurez, un efecto que nos asalta cuando alcanzamos esa edad en la que no podemos seguir siendo niños (porque hace varios años que empezamos a hacer la declaración de la renta, que es lo que marca la frontera) y nos asusta la idea de convertirnos en adultos porque aún no nos consideramos capaces de formar una familia y sabemos que en el momento en el que aceptemos nuestra condición de ciudadanos responsables empezaremos a contemplar el camino de la vida mirando la cuesta hacia abajo.

Lo cierto es que no me asusta la soledad. O quizá sí, porque me acojona mi compañía y los juicios sumarísimos a los que me someto en las contadas ocasiones que me encuentro cara a cara con el sinvergüenza que me representa por las calles, en el trabajo y ante otras gentes a diario. Sin embargo, no estoy dispuesto a dejarme llevar por el pánico como parece que sucede cuando comienza a caerse el pelo y te resulta imposible tocar el aro, algo que hacías con 16 años, cuando juegas un partido de baloncesto. No creo que amarrarte desesperadamente a otra persona, sólo por el hecho de no estar solo, porque tenemos edad para sentar la cabeza o porque simplemente toca sea una opción aceptable. Aunque he aprendido a entender que se trata de algo trágicamente común. El otro día, en una conversación telefónica tan surrealista como deseada, corregí un comentario aduciendo que no apoyo las generalizaciones genéricas. Sin embargo, de vez en cuando se me escapa alguna. Ahora creo que me toca soltar una: si los hombres se muestran genéticamente más proclives a padecer determinadas enfermedades, como los infartos por ejemplo, las mujeres se encuentran más expuestas a este mal. Una buena amiga me aseguraba que la llamada de la maternidad pesa. Puede que sea así, pero la verdad es que he caído en la cuenta de que a determinadas edades existe un pavor atávico a mirar a los lados y darse cuenta de que no hay nadie junto a uno en el sofá. Si de algo esoy seguro, y sé que poseo pocas certezas, es de que puedo sobrellevar esta sensación.
He de decir que no se trata de un mal que afecta, sin embargo, en exclusiva a las mujeres. He visto con mis propios ojos cómo mis amigos, o al menos varios de ellos, caían presas de este temor irracional. Y no logro entenderlo. He asistido a bodas en las que estaba seguro de que la persona que acompañaba a alguno de ellos no era en absoluto quien debía estar allí. He contemplado relaciones tremendamente especiales que se rompen tras siete u ocho años y que son sustituidas por anodinas farsas que, no obstante, acaban en boda. Pueden ponerse muchas excusas. Lo sé; las he escuchado casi todas: que si esto es un pueblo y es difícil encontrar algo mejor que X; que si tenemos una edad y hay que formalizarse, a ver si lo haces tú de una vez; que si a determinadas edades no puede vivirse el mismo amor que cuando uno tiene 18 o 20 años... ¡Pantomimas!
He tenido la desgracia (o fortuna) de disfrutar de amores tan intensos que pueden paladearse, del placer de saber que podría pasar días con una persona en una habitación o sobre el césped de un parque sin necesidad de nada más, y me niego a creer que, se tenga la edad que se tenga, uno puede alcanzar la felicidad a través del llenado forzoso de un hueco que, de verdad, vacío no está del todo mal. Tyler Durden (Brad Pitt en el Club de la lucha) tiene una frase que me hace pensar: "Somos una generación de hombres criados por mujeres. No sé si una mujer será la solución a esta angustia que sentimos". Yo podría responderle que sí, que una mujer (o un hombre) puede esconder el maná que buscamos durante toda nuestra vida, y que muchos no encuentran. Pero tiene que ser el hombre o la mujer, no cualquiera, sino ése o ésa. Sé que mi abuela pasó hambre, porque todavía hoy se preocupa de que coma mucho, como si pensase que algún día retornarán las cartillas de racionamiento, que su vida fue difícil y que padeció los rigores de la posguerra. Pero también sé que ella halló a esa persona porque el otro día, mientras cenábamos, me confesó que ha llorado mucho desde que se fue mi abuelo, y que no lo ha podido olvidar ni un solo día, a pesar de que han pasado ya más de 37 años.

2 Comments:

Blogger Melpómene said...

Vaya, no lo sabía, pero necesitaba leer esto

8:07 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

interesante...miras las cosas del reves,como el colgado del tarot ,para sacar asi un punto de vista único y diferente

2:02 p. m.  

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